Abro los ojos. ¿Dónde estoy? Pestañeo intentando recordar los últimos minutos de consciencia pero apenas recuerdo cuándo ocurrieron. O dónde. Percibo una tenue luz a mi derecha. Unas cortinas oscuras se mecen ligeramente mostrando un paisaje que mi miopía no me deja ver. Huelo a humo, a cenizas. Me incorporo con suavidad intentando ver lo que me rodea. Busco mis gafas, ¿no están? Me tapo la cara con ambas manos intentando pensar. El olor a fuego es más intenso en ellas. Están negras, llenas de hollín. Levanto la vista pero no reconozco la habitación donde me encuentro. Un colchón en el suelo, una pequeña ventana, pilas de ropa tirada por todas partes.
Un cuerpo a mi lado. ¿Vivo? ¿Muerto? Se me corta la respiración. Me inclino hasta quedar a varios centímetros del desconocido. Su espalda sube y baja al ritmo de su respiración. No puedo ver su cara pero sí percibo su olor . Fuego, madera, ceniza. Aquella espalda aún con vida está llena de huellas negras, marcas de dedos y manos… Están por todas partes. ¿Son mías?
Observo mi cuerpo desnudo también tiznado de hollín. No lo reconozco. Mis manos son más grandes, los dedos más largos, mi pelo ya no es rubio, mi identidad… ¿dónde está? Tengo ganas de llorar pero la pena se paraliza en mi garganta. El miedo me ahoga. El colchón cruje bajo mi cuerpo. Miro a mi izquierda y la espalda desaparece. Se ha ido para dejar un torso desnudo y una cara desconocida por la identidad que perdí. Pelo moreno, barba incipiente, piel quemada por el sol… ¿Quién eres?
Las lágrimas caen por mis mejillas. El terror ya no puede con ellas. Me levanto sin hacer ruido y el dolor casi me paraliza, los músculos no me responden. Consigo apoyarme en la pared y avanzar a trompicones hacia la ventana. Volutas de ceniza y trozos de periódicos quemados se deslizan entre las cortinas empujadas por el viento. Atrapo uno de ellos aún en llamas y no puedo reprimir un grito ahogado: “24 de diciembre de 2025”. ¿Pero, dónde me han llevado mis sueños?
Consigo acercarme a la ventana y con mi mano muevo ligeramente la cortina. Fuego, cenizas, humo. La ceniza lo envuelve todo. Los edificios arden, los árboles arden… Todo lo que me rodea está en llamas. Grito de pavor cuando el cristal de la ventana comienza a derretirse por el calor que desprenden el fuego. A mi espalda algo se mueve, acercándose hacia mí. Giro mi cabeza despacio, temblando de miedo y allí está él, de pie. Y sus ojos, ahora dos bolas de fuego, traspasan mi piel, mis entrañas, mi alma, convirtiéndome en cenizas.















