Nunca me olvidaré de Beichuan. Pueden pasar semanas, años o incluso décadas, pero jamás podré borrar de mi mente aquella visita a la ciudad de la muerte. Aquel valle del infierno. Aquella sensación que me acompañará por el resto de mi vida.
Siete días después de la catástrofe pudimos entrar en esta ciudad. Los equipos de rescate sólo llevaban trabajando en la zona dos días porque los accesos a la ciudad habían estado cortados por las enormes piedras que habían caído en la carretera. Miles de personas se cruzaban a nuestro paso. Cabeza gacha, petate a las espaldas, la mirada perdida... Unos ojos tristes, vacíos de vida, conscientes de que la tierra se lo había arrebatado todo.
El chófer nos dejó a la entrada de la ciudad. Un fuerte control militar evitaba la entrada de cualquier vehículo ajeno a emergencias. Nos detuvieron en aquella frontera improvisada. "ID, ID". Enseñamos nuestros pasaportes y la tarjeta de prensa china. "Ok, this ok". A la mierda el pasaporte, lo que les interesaba era la letrita china junto a mi fotografía. Nos dejaron pasar y nosotros casi sin creérnoslo. "Coño, si al final la puñetera tarjeta va a servir para algo".
Hileras de soldados y bomberos marchaban hacia el centro de la ciudad. Todos con máscaras, todos con paso firme y mirada al frente. Muchos con apenas 18 años recién cumplidos. Caminamos junto a ellos en silencio espectantes con lo que nos íbamos a encontrar en el camino. La entrada estaba casi desierta. Sólo varias casas aún en pie nos daban la bienvenida. Decidimos perdernos por sus interiores, buscar voces, buscar algún superviviente que pudiera explicarnos qué podía haber ocasionado lo que veían nuestros ojos. Lo peor es que yo ni siquiera sabía que aún no habíamos llegado al centro de la ciudad, que donde nos encontrábamos era sólo una barriada, que lo que contemplábamos no era ni la mitad de caótico de lo que nos esperaba una hora más tarde.
La escuela. Todo estaba intacto. Bolígrafos encima de las mesas, dictados a medio hacer, mochilas en las sillas, meriendas bajo el pupitre. Un milagro. Este colegio se mantuvo en pie y los 200 niños están a salvo. Otras 7.000 aulas no corrieron la misma suerte en Sichuan. No quiero ni imaginar la cantidad de inocentes que perecieron bajo los escombros. Ni la cantidad de padres que lloran al único hijo que podían tener.
El silencio era absoluto, casi sepulcral. Sólo el ruido de nuestros zapatos en la gravilla rompía el vacío. De vez en cuando se escuchaban gritos de bomberos o militares en formación. Sentía un nudo en la garganta que se hacía más doloroso a medida que pasaban los minutos. Al poco tiempo comenzamos a conocer a algunos habitantes de la zona. Algunos voluntarios, otros víctimas. Era increíble. Todos habían perdido algo o a alguien pero aún tenían fuerzas para sonreír.
Otros, en cambio, contaban su historia entre lágrimas. Recordaban esos 10 minutos como los más largos de sus vidas. 10 minutos. ¿Alguien puede imaginarse cómo la tierra puede destruir todo lo que le rodea en ese intervalo de tiempo? Yo ahora sí puedo. "
Se levantó algo de viento y los perros comenzaron a ladrar. Se hizo el silencio y de repente, la tierra se vino abajo, como si bajáramos tres pisos de golpe en un ascensor y luego nos expulsó hacia arriba. Todos caímos al suelo y el suelo empezó a temblar. Los edificios, los postes de la luz, las piedras de la montaña... Todo empezó a caer sobre nosotros." Así nos lo cuenta este hombre.
Le fotografíe con el móvil mientras charlábamos en el patio de lo que queda de escuela. Sus ojos estaban anegados en lágrimas. Forest (nuestro traductor y amigo) tuvo que hace un esfuerzo por no llorar, todos lo hicimos y eso que ni siquiera entendíamos sus palabras.
Tiendas y tiendas de campaña se agolpaban en cualquier lugar no ocupado ya por ruinas y escombros. Rostros cansados, desolados, nos miraban con extrañeza. "Forasteros, ¿qué hacen aquí?", se preguntaban. Y yo que no dejaba de pensar qué sería de ellos, qué harían a partir de ahora, de qué vivirían... La cabeza me iba a estallar y como pudimos repartimos las medicinas y mascarillas que compramos en Chengdu. No era mucho pero al menos limitaría el contagio de infecciones a causa de los cuerpos en descomposición. No podíamos hacer mucho más. Ya no.
Proseguimos nuestro camino. Había que trabajar, éramos conscientes de eso. David no soltaba la cámara de vídeo. Yo tampoco la de fotos. Era nuestra protección, ese filtro de la realidad al que te agarras para pensar que no todo es tan malo, que la tele exagera. Pero no servía, no servía en absoluto. Fallaba el pulso, la respiración era agitada, los ojos picaban a causa de la cal. Ningún filtro era capaz de alejarnos de aquello.
Ilusa de mi. Pensaba que eso era lo peor, que lo que me iba a encontrar no superaría esto. Qué estúpida fui. Tras caminar 500 metros más lo vimos claro. Esto sólo había sido el principio. La ciudad de la muerte nos esperaba allá abajo y el único pensamiento que ocupaba mi mente era "voy camino al infierno".
Todo civil huía de allí. Sólo militares, bomberos y algún osado voluntario bajaba como podía a través de lo que había sido la carretera. Mirad al fondo de la foto. Miles de rocas de toneladas y toneladas ocupaban el camino dejando solo tres metros para el paso de coches. Y más allá la desolación, la más absoluta destrucción. "Joder... Virginia, deja de caminar, no vayas, no vayas, vas al puto infierno, es la ciudad de la muerte... ¿qué estás haciendo?" Pero no podía parar. Era incapaz de disminuir el paso por más que mi mente me lo pedía. No ahora, no allí.
Había que trabajar. Aunque el olor comenzara a ser insoportable y tuvieras que quitarte la mascarilla para no quedar como una pardilla frente a la cámara. Aunque a tus pies hubiera cientos de personas aún atrapadas entre los muros de sus casas. No había otra salida. Para eso habíamos viajado hasta allí. Por eso estaba en China. Ahora lo entendía.
Evitamos la carretera y bajamos por un sendero donde una mínima cuerda era el único agarre ante 12 metros de caída. Equipo a cuestas bajamos como pudimos y nos reunimos en una pequeña base militar improvisada en lo que era una cancha de baloncesto. Emprendimos la marcha. Justo al entrar en la ciudad nos topamos con el equipo de rescate japonés, que exhaustos por el calor y el cansancio intentaban disfrutar de un simple cigarrillo. Les miré y les sonreí amargamente. Ninguno me devolvió la sonrisa.
Seguimos en silencio hasta el centro de la ciudad. Abrí la mochila, saqué otras cinco máscaras y las repartí a mis compañeros. Nos la pusimos encima de la que ya llevábamos y aún así el olor me perforaba la nariz. Era insoportable. Dulce y putrefacto al mismo tiempo. Olor a muerte y olor a vida. Tuvimos que beber agua para evitar las náuseas. A partir de ahí fue todo una pesadilla. Los muertos se agolpaban en las aceras mientras los bomberos abrían las bolsas, hacían la foto y la volvían a cerrar.
Un grupo de voluntarios rescató un cadáver de un coche que se había caído a un canal. Ayudados por una cuerda, cinco de ellos intentaban subirlo hasta la acera donde nos encontrábamos. Varios de ellos vomitaban en el intento y mi mano no dejaba de temblar mientras hacía las fotografías. Una vez arriba y a dos metros de mí, yacía el cadáver azulado comido por los insectos y el agua. Jamás había presenciado una imagen más horrorosa en toda mi vida.
Me quedé sin aire. Apenas podía respirar. Jadeaba mientras las lágrimas inundaban mis mejillas y salía lo más rápido que podía de allí. La mascarilla se me pegaba a la piel, la cámara temblaba entre mis manos... "Esto no puede estar pasando", pensaba. Miré a mi alrededor, dios mío, no tengo palabras para describir aquello, no puedo... Busqué a mis amigos. Cada uno caminaba hacia un lado, mirando al suelo, secándose las lágrimas. Todos en silencio. La amarga marcha hasta el centro de la ciudad no había acabado pero a nosotros ya no nos quedaba nada más que decir.
